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Todos los días, durante los meses del verano en el hemisferio norte, me reúno con un grupo de dos amigas a leer a Roberto Bolaño, el destacado escritor chileno muerto a los 53 años por falta de transplante de hígado. Lo más particular de esta experiencia y que me deja todas las tardes con una sensación de comprensión un poquito mayor que el día anterior. Una de las lectoras, sino la más importante de las tres, es una señora, Tita como la llamamos, de 86 años nos ofrece su casa, su experiencia, pero sobre todo una amabilidad de corazón puro, extraordinario. Tita, vive en el límite entre Maryland y Washington DC, en un tranquilo barrio residencial, en una prolongación de la casa de su hija, sola con una antigua señora ayudante que la acompaña. Todas las tardes, a eso de las 2:30 pm, Tita se prepara para recibirnos muy dispuesta a seguir con la lectura del libro que tiene más de 1000 páginas. Sonriente nos abre y nos apura a comenzar, sin antes contarnos alguna situación que le merece su atención del libro, de los personajes o de alguna relación con algún episodio de otro libro o de su propia vida pasada. Aída y yo, que estamos en los 50 y nos sentimos llenas de vida, nos miramos con asombro cuando ella hace recuerdos de la lectura o de algún párrafo que ya olvidamos, del día anterior. Es que Tita es especial, unos ojos pequeñitos y luminosos, una sonrisa a flor de piel, su pelo completamente blanco, de corta estatura y muy liviana de peso, ella llegó a Estados Unidos en plena guerra de Vietnam recién casada, proveniente de El Salvador, para descubrir este nuevo mundo de la mano de su marido. Las aventuras de su vida darían seguro para un libro de más de 1000 páginas, pero aquí lo que nos sobrecoge es su vida presente, sus 86 años, su entendimiento de lo esencial de la vejez y de como todos los dias nos da una fortaleza, a nosotras que vamos detrás porque no podemos adelantarla. Tita es un ejemplo maravilloso de vitalidad en el más profundo sentido de la palabra. Está viva y ni piensa en la edad. Ella, a veces dormita mientras leemos, y eso la hace frágil, una fragilidad que dura segundos. De inmediato se incorpora sin decir palabra y atenta consulta por lo que se perdió de la lectura. Aída y yo, nos miramos, le explicamos y seguimos adelante. Ella no pierde palabra de ahí en adelante y termina la jornada del día sonriendo, feliz. Las espero mañana chicas, sean puntuales, nos despide de la puerta, después de haber subido varias escaleras en la ruta de salida de su casa. |